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El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen haberse convertido en los elementos precisos para la recuperación de no sé sabe muy bien el qué. Vivimos en tiempos de crisis económica que poco a poco se ha ido tornando en una crisis institucional que afecta aparentemente a todos los ámbitos. No vale nada para algunos: no vale nuestro modelo territorial, no vale nuestro modelo institucional, no vale nuestro modelo de representación política. El valor de los elementos estructurales de un Estado, de una nación, desaparece dentro de la crisis económica. El paro, el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a no poder seguir manteniendo un determinado nivel de vida en todas sus extensiones y ramificaciones genera inmediatamente y de modo irremediable el pensamiento de que nada vale. Se pierde la confianza en los gestores políticos del bien común cuando el mismo está dañado o seriamente amenazado, se pierde la confianza en la función pública cuando los servicios que prestan no se sostienen económicamente, se pierde la confianza en un modelo constitucional de consenso de relaciones entre el Estado y sus territorios cuando se afirma que resulta deficitario económicamente.

 

Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

Cabe recordar un eslogan que permitió a Bill Clinton convertirse en el Presidente de los  stados Unidos en 1992 y del cual simplemente eliminamos el epíteto final por inapropiado para estas páginas: “es la economía”.

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Surge este número en plena época de expectativa ante la aparente transición. Debemos, en consecuencia y sin falsa humildad, decir lo que pasará. Probablemente cambiará el Gobierno, probablemente el cambio en la cabecera de Justicia dará lugar al cambio en su organigrama y por tanto en la Abogacía General. Probablemente llegará un nuevo Abogado General del Estado y probablemente todos sabíamos quién iba a ser antes de su nombramiento entre una pléyade de hipotéticos candidatos aunque antes nadie lo dijera abiertamente. Probablemente, al día siguiente de estos cambios, nadie habrá cambiado la fecha de la vista en el Juzgado y a nadie le habrán retirado esa petición de informe consistente en resolver ese asunto acerca de un patrimonio yacente por todos discutido, en época remota expropiado y por unos extraños disfrutado. Nadie nos habrá cambiado la hora del despertador, nadie nos habrá quitado el atasco o el desayuno matutino –esto va por “territorios” y por caracteres–, nadie nos habrá dado la plaza anhelada ni cesado de la plaza discutida. Para casi todos, el cambio tendrá el mismo efecto resonante de la caída del árbol en la fría estepa siberiana sobre un úrsido en peligro de extinción –que no digo que no exista esta posibilidad, pero mientras no me toque no lo buscaré en la Wikipedia o enciclopedia, esto también, según caracteres–.

En definitiva, a casi nadie nos pasará nada ¿para qué preocuparse? Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos porque nos importa, nada más. Nos preocupa porque somos un colectivo, un Cuerpo más que centenario que ha subsistido en todo tipo de climas políticos, regímenes democráticos y de los otros, movimientos ministeriales de adscripción, incompatibilidades, atribución y eliminación de competencias... y siempre hemos estado allí, preocupándonos y trabajando porque la agenda no nos la cambian, porque los problemas del Estado necesitan asistencia jurídica y porque algo de Estado somos o al menos le servimos. Mis condolencias a los úrsidos de la fría Siberia si es que existen.

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Recientemente se han celebrado las elecciones sindicales con la fi­nalidad de la designación de los miembros de las Juntas de perso­nal que ostentan la representación legal de los funcionarios en la Administración General del Estado. De nuevo, como hace cuatro años, la Asociación de Abogados del Estado mediante su integración en la candi­datura de la Federación de Asociaciones de los Cuerpos Superiores de la Administración General del Estado, se presentó a estas elecciones alcan­zando nuevamente la victoria en el seno de nuestro querido Ministerio de Justicia.

No son pocas las voces que desde un lado u otro se plantean el porqué un Cuerpo como el nuestro se presenta a estas elecciones y si es el ámbito sin­dical el más adecuado para realizar nuestras reivindicaciones; pero quizá la perspectiva que debamos tomar deba ser más amplia. El ser funciona­rio, en el mejor y más amplio sentido lejos de estereotipos, debe significar necesariamente integrarnos en la organización global funcionarial a la que pertenecemos. La posibilidad de que los Abogados del Estado nos inte­gremos junto con otros funcionarios del grupo A en foros donde se traten temas que nos ocupan y preocupan a todos por encima de las singularida­des propias de cada cuerpo es algo enriquecedor, nos abre las puertas para conocer las necesidades de otros e identificarlas en muchas ocasiones con las propias, permite la configuración de un corporativismo bien entendido entre diferentes colectivos funcionariales y nos permite, además, conocer las necesidades del conjunto del colectivo de funcionarios. Implicarnos en estas cuestiones y asumir responsabilidades y actuaciones en este ámbito, nos permite abrir la brecha al hecho de que nuestra actividad pueda trans­formar a mejor la realidad de nuestra situación profesional y trabajar por la mejora colectiva de la situación de todos.

Estas ideas, sin duda románticas y si se quiere algo inocentes, chocan no en pocas ocasiones con la realidad del día a día, con la incomprensión de algunos, con la irracional oposición de otros o con la indeferencia, siempre difícil de asumir, de una minoría; y sin embargo, descansa permanentemen­te en la confianza de los que se implican, votan, se presentan voluntarios a integrar unas listas electorales y se comprometen en algo que puede permi­tir hacer una de las cosas más gratificantes a las que nuestro tiempo puede ser dedicado: transformar y mejorar la realidad.

Enhorabuena a todos por los resultados electorales y antes de eso, gracias por vuestro apoyo.

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Número 36
Es la economía...

El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen…

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Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

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En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

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Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

Los bailes de cifras, de imputación de responsabilidades por nefastas gestiones o la negación de la realidad contando con prudencia medias verdades, no permite nunca generar confianza ni en los Estados ni en los ciudadanos que los componen. La confianza es más que nada una creencia que permite estimar lo que una persona será capaz de hacer de una determinada manera frente a una situación dada, pero si no conocemos esta situación, si no conocemos la realidad, no existe opción alguna de generar confianza y por tanto, la menos mala de las consecuencias será que los ciudadanos, los trabajadores, las empresas, etcétera, no hagan nada y del inmovilismo ya se sabe lo que dicen: no va a ninguna parte.

 

Verdad, confianza y movimiento; y en ese orden, por favor.

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Surge este número en plena época de expectativa ante la aparente transición. Debemos, en consecuencia y sin falsa humildad, decir lo que pasará. Probablemente cambiará el Gobierno, probablemente el cambio en la cabecera de Justicia dará lugar al cambio en su organigrama y por tanto en la Abogacía General. Probablemente llegará un nuevo Abogado General del Estado y probablemente todos sabíamos quién iba a ser antes de su nombramiento entre una pléyade de hipotéticos candidatos aunque antes nadie lo dijera abiertamente. Probablemente, al día siguiente de estos cambios, nadie habrá cambiado la fecha de la vista en el Juzgado y a nadie le habrán retirado esa petición de informe consistente en resolver ese asunto acerca de un patrimonio yacente por todos discutido, en época remota expropiado y por unos extraños disfrutado. Nadie nos habrá cambiado la hora del despertador, nadie nos habrá quitado el atasco o el desayuno matutino –esto va por “territorios” y por caracteres–, nadie nos habrá dado la plaza anhelada ni cesado de la plaza discutida. Para casi todos, el cambio tendrá el mismo efecto resonante de la caída del árbol en la fría estepa siberiana sobre un úrsido en peligro de extinción –que no digo que no exista esta posibilidad, pero mientras no me toque no lo buscaré en la Wikipedia o enciclopedia, esto también, según caracteres–.

En definitiva, a casi nadie nos pasará nada ¿para qué preocuparse? Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos porque nos importa, nada más. Nos preocupa porque somos un colectivo, un Cuerpo más que centenario que ha subsistido en todo tipo de climas políticos, regímenes democráticos y de los otros, movimientos ministeriales de adscripción, incompatibilidades, atribución y eliminación de competencias... y siempre hemos estado allí, preocupándonos y trabajando porque la agenda no nos la cambian, porque los problemas del Estado necesitan asistencia jurídica y porque algo de Estado somos o al menos le servimos. Mis condolencias a los úrsidos de la fría Siberia si es que existen.

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Recientemente se han celebrado las elecciones sindicales con la fi­nalidad de la designación de los miembros de las Juntas de perso­nal que ostentan la representación legal de los funcionarios en la Administración General del Estado. De nuevo, como hace cuatro años, la Asociación de Abogados del Estado mediante su integración en la candi­datura de la Federación de Asociaciones de los Cuerpos Superiores de la Administración General del Estado, se presentó a estas elecciones alcan­zando nuevamente la victoria en el seno de nuestro querido Ministerio de Justicia.

No son pocas las voces que desde un lado u otro se plantean el porqué un Cuerpo como el nuestro se presenta a estas elecciones y si es el ámbito sin­dical el más adecuado para realizar nuestras reivindicaciones; pero quizá la perspectiva que debamos tomar deba ser más amplia. El ser funciona­rio, en el mejor y más amplio sentido lejos de estereotipos, debe significar necesariamente integrarnos en la organización global funcionarial a la que pertenecemos. La posibilidad de que los Abogados del Estado nos inte­gremos junto con otros funcionarios del grupo A en foros donde se traten temas que nos ocupan y preocupan a todos por encima de las singularida­des propias de cada cuerpo es algo enriquecedor, nos abre las puertas para conocer las necesidades de otros e identificarlas en muchas ocasiones con las propias, permite la configuración de un corporativismo bien entendido entre diferentes colectivos funcionariales y nos permite, además, conocer las necesidades del conjunto del colectivo de funcionarios. Implicarnos en estas cuestiones y asumir responsabilidades y actuaciones en este ámbito, nos permite abrir la brecha al hecho de que nuestra actividad pueda trans­formar a mejor la realidad de nuestra situación profesional y trabajar por la mejora colectiva de la situación de todos.

Estas ideas, sin duda románticas y si se quiere algo inocentes, chocan no en pocas ocasiones con la realidad del día a día, con la incomprensión de algunos, con la irracional oposición de otros o con la indeferencia, siempre difícil de asumir, de una minoría; y sin embargo, descansa permanentemen­te en la confianza de los que se implican, votan, se presentan voluntarios a integrar unas listas electorales y se comprometen en algo que puede permi­tir hacer una de las cosas más gratificantes a las que nuestro tiempo puede ser dedicado: transformar y mejorar la realidad.

Enhorabuena a todos por los resultados electorales y antes de eso, gracias por vuestro apoyo.

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Número 34
Sobre la confianza y la superación

Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño…

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El desprestigio de la política, como antes el desprestigio de la función pública, parecen haberse convertido en los elementos precisos para la recuperación de no sé sabe muy bien el qué. Vivimos en tiempos de crisis económica que poco a poco se ha ido tornando en una crisis institucional que afecta aparentemente a todos los ámbitos. No vale nada para algunos: no vale nuestro modelo territorial, no vale nuestro modelo institucional, no vale nuestro modelo de representación política. El valor de los elementos estructurales de un Estado, de una nación, desaparece dentro de la crisis económica. El paro, el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a no poder seguir manteniendo un determinado nivel de vida en todas sus extensiones y ramificaciones genera inmediatamente y de modo irremediable el pensamiento de que nada vale. Se pierde la confianza en los gestores políticos del bien común cuando el mismo está dañado o seriamente amenazado, se pierde la confianza en la función pública cuando los servicios que prestan no se sostienen económicamente, se pierde la confianza en un modelo constitucional de consenso de relaciones entre el Estado y sus territorios cuando se afirma que resulta deficitario económicamente.

 

Al final resulta que es la economía la que genera cohesión, integración y confianza en los elementos del Estado. Ante esta evidente realidad social, sin embargo, tenemos que tener la capacidad de, al menos, ponerla en duda. No cabe confundir medidas de racionalidad económica, reivindicaciones presupuestarias, financieras o el debate acerca de próximos, lejanos o inexistentes “rescates” con la idea de que España es un Estado fallido, de que nada sirve, todo debe desmontarse. España es el resultado del esfuerzo común de todos los españoles, del consenso de nuestra clase política avalado por la ciudadanía por el irrompible vínculo de la democracia.

 

Cabe recordar un eslogan que permitió a Bill Clinton convertirse en el Presidente de los  stados Unidos en 1992 y del cual simplemente eliminamos el epíteto final por inapropiado para estas páginas: “es la economía”.

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Llevamos varias legislaturas en donde se nos habla del derecho de los ciudadanos a conocer la “verdad” con distintas formas y expresiones. De igual modo, llevamos ese mismo tiempo en el que se nos habla de la necesidad de actuar con prudencia, hasta con sigilo para que podamos recuperar la “confianza”; se nos dice que hay cosas que es mejor no contar para no provocar alarmas innecesarias.

 

Verdad y confianza aparecen entonces de manera contrapuesta, como si de la verdad se pudiera conseguir generar desconfianza o como si de no contarla o ser prudentes en ello se derivara inmediata confianza.

 

En este punto cabe traer a colación lo que en hebreo significa la palabra “emunah”. Para los hebreos la verdad (“emunah”), es ante todo la seguridad o la confianza; verdadero es lo que es fiel a sí mismo y por eso digno de confianza porque da seguridad. En la filosofía clásica griega, la verdad es concebida como άλήθεια o descubrimiento del ser que se encuentra oculto por el velo de la apariencia. Por supuesto, existen infinidad de teorías filosóficas posteriores sobre esto de la “verdad”, una de las más extendidas es la de la correspondencia. Según esta teoría, la verdad consiste en una relación de adecuación o concordancia entre el entendimiento que conoce y lo real conocido como realidad.

 

Lo cierto es que yo me quedo quizá con la definición dirigida hacia la consecuencia de la verdad y no con aquéllas que pretenden definirla como fin en si misma. La verdad es lo que genera seguridad y confianza porque es fiel a sí misma, a la realidad.

 

Pidiendo ya disculpas por la diatriba filosófica, la finalidad de estas breves líneas no es otra que decir que sin verdad no hay confianza, no hay seguridad. La duda sobre si se conoce en parte la verdad simplemente genera desconfianza, esto siempre ha sido así y nunca ha sido ni será de otra manera. Lo que debe generar confianza no son los gobiernos sino los Estados y esto sólo se logra si mostramos a los Estados bajo el prisma de la verdad que no es otra cosa que su realidad y de conseguir esto sí son responsables los gobiernos.

 

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Toda transición obedece a un cambio y todo cambio genera expectativas mas cercanas a veces al sueño de ganancia que a la efectiva realidad. Todo cambio origina turbulencias y toda turbulencia inseguridad. Todo pasará. La seguridad se asentará. La información dejará de estar sesgada o al menos el sesgo se podrá identificar. Al final la humanidad socializada en forma de ciudadana, sabe sobreponerse a los pesares, las tragedias y mucho más aún a las turbulencias.

Cae en mi memoria aquello que dijo H.G. Wells en La Guerra de los Mundos: “Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias –las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo– no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes. Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora”

Hemos superado cracks financieros, guerras mundiales, civiles y frías, crisis del petróleo, etc, superaremos ahora como siempre, crisis de liderazgo, hipotecas subprime o la deuda pública, que no es otra cosa sino el préstamo que debemos pagar entre todos. Lo superaremos porque el afán por conseguirlo se encuentra en el propio germen de nuestra sociedad y de nuestra economía. El Estado del Bienestar no es la obra artificial de un grupo de talentosos gobernantes, es fruto del deseo de la voluntad de eso a lo que ha evolucionado el ser humano empeñado en vivir en sociedad como es el ciudadano.

De esta turbulencia saldremos los ciudadanos por aquello que hacemos todos los días como es querer vivir bien, querer bien a nuestras familias y querer el bien de aquéllos que están en peor situación.

De momento hace frío y hace falta que llueva ¿alguien duda de que no vendrán las lluvias y el calor?


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Surge este número en plena época de expectativa ante la aparente transición. Debemos, en consecuencia y sin falsa humildad, decir lo que pasará. Probablemente cambiará el Gobierno, probablemente el cambio en la cabecera de Justicia dará lugar al cambio en su organigrama y por tanto en la Abogacía General. Probablemente llegará un nuevo Abogado General del Estado y probablemente todos sabíamos quién iba a ser antes de su nombramiento entre una pléyade de hipotéticos candidatos aunque antes nadie lo dijera abiertamente. Probablemente, al día siguiente de estos cambios, nadie habrá cambiado la fecha de la vista en el Juzgado y a nadie le habrán retirado esa petición de informe consistente en resolver ese asunto acerca de un patrimonio yacente por todos discutido, en época remota expropiado y por unos extraños disfrutado. Nadie nos habrá cambiado la hora del despertador, nadie nos habrá quitado el atasco o el desayuno matutino –esto va por “territorios” y por caracteres–, nadie nos habrá dado la plaza anhelada ni cesado de la plaza discutida. Para casi todos, el cambio tendrá el mismo efecto resonante de la caída del árbol en la fría estepa siberiana sobre un úrsido en peligro de extinción –que no digo que no exista esta posibilidad, pero mientras no me toque no lo buscaré en la Wikipedia o enciclopedia, esto también, según caracteres–.

En definitiva, a casi nadie nos pasará nada ¿para qué preocuparse? Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos porque nos importa, nada más. Nos preocupa porque somos un colectivo, un Cuerpo más que centenario que ha subsistido en todo tipo de climas políticos, regímenes democráticos y de los otros, movimientos ministeriales de adscripción, incompatibilidades, atribución y eliminación de competencias... y siempre hemos estado allí, preocupándonos y trabajando porque la agenda no nos la cambian, porque los problemas del Estado necesitan asistencia jurídica y porque algo de Estado somos o al menos le servimos. Mis condolencias a los úrsidos de la fría Siberia si es que existen.

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Recientemente se han celebrado las elecciones sindicales con la fi­nalidad de la designación de los miembros de las Juntas de perso­nal que ostentan la representación legal de los funcionarios en la Administración General del Estado. De nuevo, como hace cuatro años, la Asociación de Abogados del Estado mediante su integración en la candi­datura de la Federación de Asociaciones de los Cuerpos Superiores de la Administración General del Estado, se presentó a estas elecciones alcan­zando nuevamente la victoria en el seno de nuestro querido Ministerio de Justicia.

No son pocas las voces que desde un lado u otro se plantean el porqué un Cuerpo como el nuestro se presenta a estas elecciones y si es el ámbito sin­dical el más adecuado para realizar nuestras reivindicaciones; pero quizá la perspectiva que debamos tomar deba ser más amplia. El ser funciona­rio, en el mejor y más amplio sentido lejos de estereotipos, debe significar necesariamente integrarnos en la organización global funcionarial a la que pertenecemos. La posibilidad de que los Abogados del Estado nos inte­gremos junto con otros funcionarios del grupo A en foros donde se traten temas que nos ocupan y preocupan a todos por encima de las singularida­des propias de cada cuerpo es algo enriquecedor, nos abre las puertas para conocer las necesidades de otros e identificarlas en muchas ocasiones con las propias, permite la configuración de un corporativismo bien entendido entre diferentes colectivos funcionariales y nos permite, además, conocer las necesidades del conjunto del colectivo de funcionarios. Implicarnos en estas cuestiones y asumir responsabilidades y actuaciones en este ámbito, nos permite abrir la brecha al hecho de que nuestra actividad pueda trans­formar a mejor la realidad de nuestra situación profesional y trabajar por la mejora colectiva de la situación de todos.

Estas ideas, sin duda románticas y si se quiere algo inocentes, chocan no en pocas ocasiones con la realidad del día a día, con la incomprensión de algunos, con la irracional oposición de otros o con la indeferencia, siempre difícil de asumir, de una minoría; y sin embargo, descansa permanentemen­te en la confianza de los que se implican, votan, se presentan voluntarios a integrar unas listas electorales y se comprometen en algo que puede permi­tir hacer una de las cosas más gratificantes a las que nuestro tiempo puede ser dedicado: transformar y mejorar la realidad.

Enhorabuena a todos por los resultados electorales y antes de eso, gracias por vuestro apoyo.

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Número 32
abril a junio 2011 Elecciones sindicales

Recientemente se han celebrado las elecciones sindicales con la fi­nalidad de la designación de…

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Número 43


Los tiempos están cambiando

Una de las composiciones más conocidas del reciente Premio Nobel de Literatura se titula “los tiempos están cambiando”. Publicada allá por el año 1964, transmite un mensaje plenamente actual, al poner de manifiesto la necesidad de que sepamos adaptarnos en cada momento a los cambios que se impulsan a nuestro alrededor.

Nunca hemos sido los Abogados del Estado objeto de comentario en la prensa o en los medios; antes bien, siempre hemos preferido mantener nuestra labor en un discreto segundo plano, haciendo valer nuestros argumentos en nuestro hábitat natural que no es otro que las Salas de los Tribunales de Justicia y nuestros informes.

Sin embargo, como nos recuerda Dylan, los tiempos están cambiando. En los últimos meses, han sido varios los artículos de prensa que han cuestionado nuestra labor profesional e incluso nuestra independencia. Al amparo de titulares llamativos, referidos a una conocida serie de los años 80 o a un supuesto ataque a las víctimas del terrorismo, se pretende desvirtuar nuestro ejercicio profesional. A tal efecto, se acude al sofisma de las mal llamadas “puertas giratorias”, se pretende deslizar indebidos tratos de favor o de pretendido “castigo” al justiciable en función de criterios políticos.

Nada más lejos de la realidad. Si algo caracteriza nuestro trabajo como Abogados del Estado es el absoluto respeto por el principio de legalidad y la defensa de los intereses de la Administración. Así ha acontecido respecto de quienes han sido cuestionados en la prensa.

Por otra parte, si determinados compañeros deciden acceder a la situación de excedencia voluntaria, común a todo el conjunto de la función pública, no puede ello servir como “ariete” para cuestionar sin base fáctica alguna su labor previa al pase a dicha excedencia o la de quienes continúan en servicio activo. Esta imagen transmitida en los últimos meses no nos representa.

Ante la inminente formación de Gobierno, quizá sea uno de los principales retos de nuestro Cuerpo el de saber transmitir nuestra realidad profesional, nuestra dedicación al servicio público y el derecho de quienes deciden pasar a la situación de excedencia particular. Quede constancia de ello en la que debe ser uno de los pilares de nuestra comunicación: nuestra Revista.